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Sin sombra de posesión 2

El amor es la gran verdad del ser humano, el valor que confiere a éste su verdadera identidad como persona. La persona es verdad en la medida que va creciendo integralmente por el amor, en el amor y hacia el amor.

Sin embargo, el gran desafío de toda persona, de todo aquel que, habiéndose sentido querido, emprende la fascinante aventura de ir madurando cada día más en identidad humana, es crecer adecuadamente en el amor de verdad.

La afectividad, el lenguaje del corazón, es sin duda la mayor potencialidad que el ser humano posee para comunicarse y relacionarse con el otro.

Pero desgraciadamente, la afectividad –orientada en esencia a favorecer ese encuentro generoso con el otro que plenifica y desarrolla el ser de la persona– se ve afectada, en su misma raíz, por una fuerte tendencia a poseer al otro, a apropiarse de él. Y este es, precisamente, uno de los más grandes fraudes del amor, el de presentar como tal, lo que en el fondo no es sino un sutil ardid del egoísmo. Bajo el simulacro del amor, de la generosidad, de la entrega, lo único que se busca es “atrapar” al otro, “seducirlo” –en el sentido más etimológico del término–, convertirlo en un “objeto” al servicio del propio yo, que, en tal caso, es el único protagonista y beneficiario de la engañosa donación.

EPLA, a 18 de mayo de 2017

P. Juan Antonio Vives Aguilella

 

 

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